viernes, 1 de agosto de 2008

El ültimo día

La tarde se ha ido acercando de nuevo a la ventana a dejar su calor como recuerdo en las paredes de la casa de Adelaida.
Hace ya 15 años que vive ese mismo atardecer entre sábanas de algodón para evitar las laceraciones en la piel. Ya se cansó de esperar el milagro, la enmienda, aunque siga sintiendo que ha pagado su condena al abismo con los siete rosarios que reza en el día.

Adelaida no es feliz, nunca lo ha sido, ni aún cuando era dueña de uno de los negocios más prósperos de la época de oro de los burdeles en su ciudad aún pequeña.
Llora en silencio mientras vive la rutina de sus días sin fin, deseando que el seductor toque de la muerte se apiade de su cuerpo, porque su alma hace años que la abandonó para irse detrás del forastero que, según cuentan, le causó la desgracia que todos conocen.

Pero la desgracia de Adelaida no es la invalidez de su cuerpo. Tampoco lo es la comida que se pudre en la mesa de estar ni la suciedad de la última habitación donde la confinaron las ahora dueñas de la que antes fuera su casa.
Adelaida es desgraciada de nacimiento. Su abuela era puta, su madre era puta…y ese era su destino; lo demás…lo demás vino por añadidura. Lo demás es el pago que se merece por haber tratado de mirar más alto.

Ya se va acercando la hora en que empiezan a retumbar como campanas de Iglesia las palabras de su madre…tu destino está escrito, y todo lo que hagas para cambiarlo te hará perder el camino y en los otros caminos nunca sabes qué te puedes encontrar.

Si tan sólo le hubiera hecho caso a su madre que vivió cincuenta y ocho años bien vividos dando calor a unos brazos sedientos, escuchando lamentos y sirviendo de pañuelo de lágrimas de los más deprimidos.
Sí, es cierto que hubo noches en que gritaba y corría despavorida por los pasillos suplicando auxilio y renegando de una vida que no pidió vivir, pero luego aparecía otro cliente y con la plata en la mano todo se echaba a un lado. Por eso el diablo se la llevó rápido, porque no intentó ni por un segundo apartarse del camino.

Pero Adelaida fue diferente. Siempre esquiva corría por los pasillos cuando era niña, tratando de alejarse del bullicio y los gritos de placer que parecían llegar de todos los rincones de la casa. Se iba al cuarto de los trastes donde una que otra vez se encontró de frente con las lujuriosas parejas que no tenían tiempo de esperar una pieza desocupada. Entonces corría despavorida hacia el patio y allí veía desde lejos la habitación del otro lado, la que nadie quería, a la que le daba el sol toda la tarde y en la que-según contaban- se había muerto un soldado junto a su amante cuando el calor del sol y de las pasiones los habían hecho fundirse en uno solo y se habían derretido entre las sábanas de algodón que cubrían el catre de cuero. En esos momentos Adelaida juraba por todas sus muñecas que jamás pondría un pie en esa habitación.
Al recordarlo ahora, Adelaida sonríe y se imagina la mancha que dejaron los cueros derretidos y retorcidos, y los pelos achicharrados por el calor, y que debe estar debajo de las sábanas de algodón que cubren su cama.

Adelaida mira a un lado y recoge de la improvisada mesita de noche el rosario que le trajo el padre cuando la mujeres de la casa pensaron que se acercaba su hora y lo mandaron traer para que le aplicara los Santos Óleos a la casi difunta.
Respira profundo y espera que comience el bullicio que le anuncia que son las seis de la tarde.

Mientras espera cierra los ojos y empieza a proferir su pliego de peticiones; por el alma de su abuela-la más puta de todas y por culpa de la cual le había tocado ese destino-, por la de su madre, para que Dios la perdonara por no haberla regalado a las monjitas Carmelitas cuando ellas la ayudaron a parir, por su padre, quienquiera que haya sido, por el hermanito que sólo vio en sueños porque su madre no dejó que conociera el mundo, sólo Dios sabría si había tenido alma…por último, lo deja a él, porque cuando piensa en él las gotas de su propio llanto la ahogan.

Se llama Antonio, le dijo su madre ese día cuando la sorprendió espiando por encima de la baranda al muchacho que pasaba en un Ford Falcon Rojo por el frente del negocio en una de esas tardes en que el calor las hacía tomarse el día libre y creer que eran madre e hija.
¿Quién?, preguntó Adelaida, haciéndose la desentendida aún cuando bien conocía las vivezas de su madre. Sólo tenía catorce años y ya la calentura de su raza le cosquilleaba las entrañas.

Entonces se hizo amiga de todos en la calle. Con la curiosidad tácita propia de las mujeres averiguó la vida y la obra de Antonio, su padre era profesor de latín en un colegio de monjas, su madre era una señora muy encopetada de esas que solían pasearse sombrilla en mano por la glorieta del parque, aunque a ella le pareció más un ama de llaves por esos vestidos de medio luto que usaba.
Tenía dos hermanas gemelas que habían nacido de puro milagro y que se la pasaban encerradas en su cuarto soportando los calores propios de las mujeres que llegan a la madurez y no han conseguido marido…
Pero Antonio…él era perfecto. Alto, moreno, labios de rubí y ojos de esmeralda. Las cejas pobladas, redonda su cabeza. Los hombros anchos y los brazos fuertes. Las manos prolijas y la piel brillante bajo el sol.
Antonio sudaba a borbotones y en el pecho se le formaba unos surcos en donde encajaban perfectos los lánguidos dedos de Adelaida.

Ella lo buscó hasta encontrarlo…como la mala hora. La curiosidad la llevó a asomarse en la ventana del cuarto de Antonio en la casa grande, pero él no estaba. Lo esperó hasta la hora que cerraba su madre el negocio pues después iba a ser imposible entrar en la casa. Pero cuando se volvió, Antonio se volcó sobre su frágil cuerpo adolescente, le tapó la boca y, como envuelta en una nube la despojó de su virginidad intacta.
El brutal asalto acabó en un segundo y Adelaida lloró…de alegría.
Antonio se quedó con los calzones abajo y con la moral más debajo de ellos preguntándose cómo sería posible que ella, que pertenecía al grupo de las putas fuera virgen.

Y allí empezó todo. Las notas de amor le contaron a él la verdad de su vida. Iban y venían los besos robados en las esquinas y las presurosas noches de pasión en las que Adelaida terminaba asaltada por la risa porque le recordaba las parejas que encontraba de vez en cuando en el cuarto de los trastes.

Pero el tiempo tenía que pasar y pasó. Había llegado el momento de integrar a Adelaida al trabajo. Esa noche su madre subió a su cuarto, le dio el más hermoso de los vestidos y, como si fuera una más de sus muchachas le dijo que ya era hora que empezara a devolverle todo lo que le había dado.
Adelaida salió corriendo con el alma en un hilo esperando encontrar la solución a tragedia. Pero no la hubo; y esa noche Adelaida supo del dolor y la miseria, de la impotencia y del hastío. Esa noche Adelaida odió a su madre con todas sus fuerzas y pidió tanto por su castigo que logró ahogarla con su propio vómito enredada entre sus sábanas de seda.

No asistió a su sepelio, se vistió de fiesta y se emborrachó para celebrar su liberación. Corrió a la casa de Antonio dando tumbos por las aceras y se acercó a la iglesia a darle gracias a ese Dios que no conocía por haberse llevado a su madre. Pero, cuando iba subiendo las escaleras la escena que se presentaba ante sus ojos la paralizó por completo. Allí estaba Antonio, vestía de blanco y traía de su brazo, colgada como un arete, a esa mujer que ella había visto tantas veces en la sala de la casa de Antonio cuando ella pasaba corriendo hasta el patio para esperarlo entre las matitas de coral.

El mundo se partió en dos para Adelaida, sus ojos de niña enamorada se dilataron y comprendió su destino. Tomó su botella, la apretó contra su pecho y recogió sus pasos hasta la casa.

En el camino no se preguntó el porqué, ella ya lo sabía, no había que forzar al destino, y ella lo había forzado. Decidió tomar las riendas de su negocio y aceptar lo que era, para lo que había nacido: una puta.

Recibió a cuantos quisieron acostarse con ella, no era la dueña, era una más, quizá de las más baratas, de las más sucias. Se regalaba a todo aquel que se parecía a Antonio, y lloraba…de tristeza.

El día de su trigésimo cumpleaños se levantó, encendió un cigarrillo y al correr las cortinas de la casa lo vio en su terraza. Ahí estaba Antonio, embrutecido por el llanto y la borrachera, derrotado por su destino, con la piel curtida por el sol, las manos llagadas y los dedos sin uñas. La vida lo había tratado peor. Su corazón no le permitía seguir al lado de esa mujer de vientre frío, sin sueños ni ilusiones. Le prometió lo impensable y juntos planearon una vida en donde no existiera el pasado de ninguno de los dos.

Se subieron es su Ford Falcon rojo y tomaron un camino sin rumbo a la felicidad.
Pero el destino es el destino-decía su madre- los esperó el abismo profundo a donde seguramente se van las ilusiones de los desesperanzados y allí quedaron también sus esperanzas. Antonio murió al instante, y ella ni siquiera pudo llorar junto a él su partida.

Cuando despertó, Adelaida tenía en las manos un rosario de cuentas de nácar, no podía moverse, no podía hablar y había varios pares de ojos escrutando su miseria. Allí se enteró de la muerte de Antonio y de su lamentable estado. Tenía una parálisis permanente y seguramente le quedaba poco tiempo de vida…eso había dicho el médico.

De eso han pasado ya quince años. Adelaida abre ahora los ojos con la esperanza que este recuerdo haya hecho correr más rápido el tiempo; pero es justo el momento en el que comienza la bulla en la casa. Adelaida toma su rosario y canta…Dios te Salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo…y entonces comienza a arder Adelaida y unas manos prolijas la estrujan y se funde con un cuerpo ardiente con surcos en su pecho en el que sólo caben sus lánguidos dedos y se vuelven una mancha en el catre.

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