Cae la tarde pesada sobre los techos de zinc llenando con su sonido de estruendo el silencio que reina en la sala de una casa derruida por el sol, el tiempo y uno de los más azotadores y tempestuosos inviernos de los últimos años.
Sobre la calle empedrada se erige la casa de palitos construida por el esfuerzo del que ahora es esperado por todos.
En la calle, los ojos de los curiosos se asoman por entre las rendijas de sus ventanas cubiertas con anjeo para evitar los mosquitos vespertinos. Sin embargo, nadie se atreve a salir. Todos esperan a que el amigo más cercano llegue y así abra el paso a los otros allegados.
Todo está en calma a pesar de la tragedia. Nadie se atreve a decirle aún nada a la viuda que, elevada y aún sin haber tenido consciencia de cambiarse las vestimentas para ponerse un luto más pertinente, tiene la vista fija en el horizonte como si fuera una fotografía vieja, en espera de los restos mortales del marido.
Los niños de la calle se pasean, caen, deslizan sus manos sobre el mantel que carga con los velones y la foto del muerto. La hermana de la viuda se asoma por la cortina que separa la cocina para contar los pocillos de aromática de toronjil que debe llevar a la sala, y, aún, todo sigue en calma.
Del otro lado de la ciudad, la misma escena se torna opuesta. Los visitantes recorren un recinto adornado de flores que apestan el ambiente con su olor a muerto. El velatorio se torna una reunión de amigos y otros no tanto, que se han acercado a hacer presencia ante la viuda que charla con todos y, a cada uno, les cuenta los pormenores de su tragedia, que al fin y al cabo no es tanta, pues siempre al final concluye con un:”era mejor así, el pobre estaba sufriendo mucho ya”.
En la mitad del salón, el muerto yace casi desde su defunción, a la espera de los ojos de los chismosos que se pasean, pues la casa funeraria se hizo cargo desde su salida de la clínica en donde falleció, hasta de las medias, saco y corbata que se llevará puestas al otro mundo.
La viuda y sus hijos hablan, saludan, ríen y se regocijan con los asistentes, en esta reunión social, desde el principio todo ha estado en calma…
EL DOLOR DE UNA PARTIDA
Ya casi entrada la noche, en la casa de palitos que ahora sirve de velatorio, las cosas comienzan a cambiar. Se escucha un murmullo de las gentes agolpadas a la puerta que ya han visto acercarse a un carro largo que trae el fin los restos mortales del marido de la viuda que comienza a salir de su pesado letargo.
El carro se detiene, la viuda se levanta y sale despavorida dando gritos de dolor y se abalanza sobre el cajón de madera de pino en donde regresa a casa aquel que le hubo servido de compañero, de amigo y de amante durante los últimos 33 años.
Los ayudantes de la funeraria instalan los parales de hierro que deberán sostener la caja mortuoria durante el resto de la noche, antes que llegue la hora de partir hasta el último sitio de reposo.
Mientras toda la parafernalia se construye a la vista de los dolientes, la viuda ha encontrado el modo de adherirse al cajón dando gritos de dolor y preguntándose el porqué de su tragedia, si aún con su grave e incurable cáncer de pulmón, al hombre aún le quedaban muchos años por delante.
Después de tanto llorar y hasta de proferir insultos contra quienes quieren alejarla de su marido, la viuda por fin se queda dormida producto del cansancio y la fatiga que causa el dolor…
Pero al mismo tiempo, en la casa de velación todo se torna contrario. Las gentes van desapareciendo poco a poco, despidiéndose con besos y uno que otro golpe en la espalda de los familiares dolientes.
Al final de la noche, cuando ya todos se han marchado, la viuda y sus hijos le dan un último vistazo a la caja que contiene los restos del esposo y padre, miran a su alrededor buscando lo que se les ha podido quedar, y parten a casa para descansar antes del ajetreado día que prosigue, y dejando al muerto solo, acompañado por cuatro velones que posteriormente deberán ser apagados por los vigilantes para evitar un incendio.
EL ÚLTIMO ADIOS
Ya entrada la mañana, en la casa se escucha el último réquiem de quien se ha dado a la tarea de rezar por el alma del difunto. De pronto la viuda, ya vestida con sus ropas de luto, se levanta de su catre y se acerca a la caja para corroborar su triste realidad. Irrumpe en llanto dando gritos aún más fuertes que los de la noche anterior.
La mañana transcurre rápidamente y cuando son aproximadamente las nueve aparece de nuevo el carruaje mortuorio trayendo a dos hombres con caras largas que cargan al muerto entre los gemidos de dolor de todos los asistentes. Suben a la viuda en la parte delantera del carro funerario, y comienzan el recorrido que los llevará a la última morada terrenal del difunto.
El carro va despacio por las calles, seguido de un alud de personas que acompañan a la viuda y al muerto y que lloran y profieren oraciones y que cargan en sus manos flores que posteriormente tirarán en la fosa del cementerio.
Los curiosos se asoman y se persignan al paso de la corte fúnebre, rezan al unísono: “concédele Señor el descanso eterno y brille para él la luz perpetua…que descanse en paz…Amén”.
La corte entra al cementerio, la viuda desciende de la carroza, amigos del muerto toman el cajón en sus hombros y lo transportan hacia el bloque donde está su fosa. Lo bajan, el enterrador espera impaciente con un balde de cemento a un lado y la plancha que servirá de tapa para evitar la propagación de los olores nauseabundos que emanan de los muertos. Los hombres se acercan con el cajón, la viuda se abre paso dando gritos aún más fuertes que cuando parió a sus tres hijos. Las gentes se agolpan para presenciar con morbo la entrada del muerto a la fosa, le gritan adioses, le tiran flores y piedrecitas, tocan la caja, la golpean…
Entre los asistentes se escucha con voz casi inaudible:”Entiérrenlo de espaldas para que no salga en las nueve noches”.
El enterrador mira por encima del hombro y se apura en sellar la fosa mientras los hijos de la viuda la agarran para evitar que se abalance sobre el muerto. Uno a uno, los amigos se van retirando y, al final de la mañana, la viuda exhausta sale del cementerio ya gimiendo, ya abatida…
El enterrador sale en carreras a buscar un poco más de mezcla de cemento y arena al ver que se acerca otro cortejo, esta vez, lleno de carros recién lavados y atestados de gentes elegantemente vestidas. La viuda viene con sus hijos detrás de la carroza. Tranquila desciende de su automóvil, vestida con las galas apropiadas y cubriendo sus ojos con lentes oscuros del sol ardiente que abrasa las casi once de la mañana.
Se acercan todos al mausoleo familiar mandado a hacer desde que el esposo contrajera esa terrible enfermedad que se lo llevó a la tumba. Los cuatro hombres vestidos elegantemente y contratados por la funeraria, depositan el cadáver en la casita de mármol mientras se escucha uno que otro llanto esparcido en el viento.
El enterrador no espera por las flores ni las piedrecitas. Con su aire de importante toma con total ceremonia la plancha de cemento y al coloca en su lugar, y antes de que la haya terminado de fijar en su sitio, la viuda, sus hijos y los demás acompañantes ya se han marchado a sus autos con aire acondicionado lejos del calor del mediodía que se acerca.
Todo vuelve a quedar en calma. Lejos ya de ritos o costumbres, los muertos guardan reposo hasta que al fin la descomposición los vuelva a todos, ricos o pobres en el mismo saco de huesos y podredumbre en el que cada uno de los mortales ha de convertirse al final.
LOS RITOS DEL RECUERDO
Ya de regreso en la casa que sirviera de funeraria improvisada, los amigos de la viuda se acercan a darle las condolencias y a organizar el altar del muerto. Con una ceremonia parsimoniosa traen la mesa, el mantel blanco, las flores que quedaron de las que se llevaron al cementerio para echárselas al difunto, la foto del mismo rebuscada entre los recuerdos que amenazan con lacerar el alma, y el vaso de vidrio lleno de agua que el muerto vendrá a tomarse durante las próximas nueve noches.
Cae la tarde y llega la noche con su cielo brillante atestado de estrellas e iluminado con una media luna triste e inquisidora y comienza el rito del novenario que será repetitivo hasta que el difunto se haya ido del todo, pues durante las nueve noches que siguen, él seguirá rondando la casa, recogiendo los pasos y buscando la manera de llevarse a su ser más querido. Conscientes de eso, los organizadores del novenario se atavían de oraciones póstumas y, lo más importante de todo, las camándulas que servirán para rezar el rosario que evitará que el difunto se lleve a los vivos.
Pero todo no son más que ritos. Bajo toda esta parafernalia mortuoria, yace la intención tácita de no dejar que el olvido vaya carcomiendo el recuerdo de un ser querido que se ha ido para siempre.
LEIHA
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